28 de marzo de 2010

Semana Santa: me encanta, ¿y qué?


Soy atea, y si supiera cómo, apóstata. Soy más bien de izquierdas ideológicamente, aunque no me gusta atarme a un bando político concreto, porque ninguno es perfecto. Pertenezco a un sector de la sociedad joven en el que no prima precisamente el amor a la Semana Santa, pero en mi caso, no es así.

En un principio, mis opiniones pueden parecer contrarias, y entiendo que mucha gente así lo crea, pero desde mi punto de vista, mis gustos tienen sentido aunque a priori parezca que no. No amo la Semana Santa desde un punto de vista espiritual, ya os he dicho que no soy creyente, sino como un ejemplo más del folclore de mi tierra que no gusta a todos, pero que no hace daño a nadie (nótese la diferencia con las corridas de toros). Soy amante del arte, y de la escultura procesional barroca en particular, aprecio el dramatismo (que a veces no es tanto si se sabe mirar bien...) de las esculturas como significado de una ideología y de un periodo histórico concretos, y como todos los periodos históricos, interesante de estudiar.

Admiro profundamente que aquí en Sevilla muchas de las imágenes que procesionan por las calles tengan más de 300 e incluso 500 años (como por ejemplo el Cristo de la hermandad en donde procesiono), y que, independientemente de su calidad artística, significa que siglos después de ser realizadas, siguen utilizándose para la función para la que fueron creadas allá por el siglo XVII.

Por esto mismo, admiro las tradiciones justificables que se siguen manteniendo en las hermandades y que son motivo de orgullo, es decir, ni lacitos blancos contra el aborto, ni órdenes en las que no pueden procesionar mujeres tienen mi aprobación. Por desgracia, las cofradías en Sevilla son un poder, en el sentido más literal de la palabra, y son organizaciones privadas con normas propias, en muchos casos carentes de sentido común, pero que por ser propias seguirán sin cambiar mientras la mentalidad de sus hermanos no lo haga.

La gente critica mi postura y mi opinión, y en cierto sentido tienen algo de razón. Veréis, procesiono en una hermandad del pueblo de mis padres, en la que marcha casi toda mi familia paterna, de ideología izquierdo-comunista, atea y evangélica en algunos casos. Sin embargo, como mi buen tío Juan Carlos, a quien admiro profundamente por haberse formado dignísimamente en la vida real, dice: "una cosa es la religión y el Papa, y otra muy distinta es la Virgen del Cerro". La Semana Santa es tradición, es fervor y muchas veces, es también fanatismo, pero del bueno. No hay que creer para disfrutarla, al igual que no hay que saber solfeo para apreciar la buena música.

El olor a azahar, incienso y cera derretida, la oscuridad rota por las luces intermitentes de los cirios, el silencio roto por los pasos arrastrados de los costaleros, por la voz del capataz, por una saeta o por una marcha de esas que te emociona... No, no soy creyente, pero mentiría si no digo que hay algo místico en todo eso (no olvidemos que el fin primario de las imágenes procesionales es predicar la historia bíblica de la Pasión y convertir a los fieles). Es un ritual y a veces, por unos pocos instantes, estando en medio de la multitud (algo cada vez más imposible), llegas a empaparte de todo eso, y año tras año lo sientes durante unos días, siempre igual y siempre ahí, siempre que la lluvia lo permita, hasta que sin saber muy bien cómo, tú padre ateo y socialista y tú encontráis algo que os encanta hacer juntos y lo convertís en vuestra propia tradición, como escuchar el Gaudeamus un Martes Santo frente a la puerta de la Universidad.

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